viernes, 25 de abril de 2014

Me duele una mano que no tengo

              En silencio. Llevaba así toda la mañana. Cualquiera que me viera, pensaría que estaba dormido con los ojos abiertos. Pero realmente dentro de mi cabeza se sucedían un conjunto de ideas, que daba la vuelta, giraba y retorcía, para de nuevo volver a empezar.
 
                 La primera idea era un cerebro, un cerebro al que un ictus ha dañado en una zona fundamental para el lenguaje. Esa persona no hablaba, pero sí repetía. La segunda idea era la complicada: ¿Cómo llego yo a esa zona del cerebro? ¿Cómo puedo tratar de devolver ese lenguaje?. A día de hoy los cambios en el cerebro los producimos a través de la actividad externa, pues sabemos que el cerebro se puede modificar, en especial a fuerza de ir repitiendo esas actividades. En mi mente surgía la expresión "matar moscas a cañonazos". Aún no sabemos de una actuación rápida, directa y específica. Por eso la pregunta era: ¿Existe?.
 
                  Estaba seguro de que tenía que haber alguna forma de llegar, de provocar algún tipo de mejora, más allá de compensar. Y mi cabeza buscaba (y continúa aún buscando) una forma de llegar a esa zona. ¿A qué me refiero con llegar?. Me refiero a aprovecharme de como funciona el cerebro para lograr algún cambio que devuelva una funcionalidad perdida. Supongo que es algo parecido a lo que debió pensar Ramachandran cuando elaboró la terapia de retroalimentación visual reflexiva. La diferencia es que él si que supo encontrar lo que estaba buscando.
 
 

El Doctor Ramachandran, protagonista del post de hoy.
 
El miembro fantasma II
 
                 No hace mucho hablábamos de la manía que tiene el cerebro por cerrar cosas para que tengan sentido. Ya dijimos que tanto a la hora de percibir hacía un esfuerzo por dar coherencia, como a la hora de "sentir". En el caso del miembro fantasma, hablamos de personas que han perdido un miembro y que aún dicen sentirlo. Las áreas cerebrales que lo dirigían siguen estando ahí, aunque no esté el miembro, y siguen manteniendo su inalterable automatisto interoceptivo, o sea, siguen representando el cuerpo tal cual estaba. El problema es cuando esa sensación es dolorosa.
 
                   Es el caso que encontramos cuando alguien nos refiere que le duele esa mano que ha perdido, o ese brazo. Siente dolor, y le es imposible quitárselo. En muchos casos lo que refiere es sentir un tremendo agarrotamiento, por una postura forzada que no puede modificar (claro, el brazo no está realmente). Es cuanto menos curioso, pues estas condenado toda la vida a tener ese dolor . O al menos eso se creía.
 
                    Uno de los primeros pacientes que tuvo el DR Vilayanur S. Ramachandran había perdido un brazo, y tenía la mala suerte de sentir una picazón en su mano. Una mano, que como repito, no estaba ahí. Fue curioso cuando al tocar su mejilla sintió el pulgar de esa misma mano, o como al tocar el labio superior sentía su dedo índice. Raro era ya sentir algo que no estaba, pero más raro aún sentirlo a través de la estimulación de otras zonas. Probad a tocaros la mejilla derecha con la mano izquierda y pensad en lo que notáis en la mano derecha. Nada. Esa extraña conexión era nueva.
 
El llamado homúnculo sensitivo. Así es como están representadas en el cerebro nuestras sensaciones, justo detrás de la cisura de Rolando, en cada lado de nuestro cerebro para el lado contrario de nuestro cuerpo. Además, de abajo arriba. Estas zonas son relativamente independientes, pero en el ejemplo anterior, la pérdida de la mano parece provocar que la zona destinada a ella se mezcle con la destinada a ese lado de la cara.
 
                    Al menos valió para encontrar una solución a esa picazón en su inexistente mano: rascarse la cara. Pero también valió para plantear la modificabilidad del cerebro. Neuronas que "no tienen nada que hacer" (sentir una mano que no está), comienzan a "irse" a otras zonas donde puedan ser útiles. Y eso, implica muchas cosas. Pero aquí paro con el miembro fantasma para añadir otro detalle.

Neuronas Espejo
 
                  Ya son más que famosas y ya casi todo el mundo ha oído hablar de ellas, pero  hace no más de 20 años nadie sabía ni que existían, y tampoco nadie las buscaba. Fue una serendipia del DR Rizzolatti, que descubrió en un estudio sobre conducta de simios, que algunos grupos de neuronas no sólo se activaban al hacer una acción, sino al ver como esa acción la realizaban otro.
 
Se llaman así porque parecen reflejar la conducta de otros al activarse sin acción alguna por parte del sujeto.
 
                   Estas neuronas espejo se han relacionado en muchos estudios con la empatía, y en especial con el autismo (por Baron Cohen, con su teoría de las ceguera mental). Su papel está siendo aún estudiado, pero una de las primeras repercusiones la tenemos en las ideas que llevaron a Ramachandran a desarrollar la  la terapia de retroalimentación visual reflexiva. Un razonamiento lógico. Si puedo activar una zona con ver el movimiento de otros, ¿puedo activarla también en un brazo que no está?. Tan sencillo como preciso.
 
Mi brazo en el espejo
 
              Y aquí llegamos al punto central. Ramachandran utilizó un simple espejo para eliminar ese dolor del miembro fantasma. En una primera instancia, porque el análisis de esos casos donde había dolor en el miembro fantasma (no todos lo tienen) presentaba algo en común: El brazo (pierna, lo que fuera) había estado inmovilizado durante un tiempo previo a la amputación (pongamos un cabestrillo), luego, de ahí podría venir la sensación de agarrotamiento dolorosa. En segundo lugar, porque la clave estaría en poder mover un brazo que no estaba. Eso ya parecía más difícil.
 
                   Por ese motivo, ideo una caja espejo (la tenéis en la imagen de abajo) en la que el paciente metía los dos brazos (uno si estaba  y el otro metería hasta el muñón). De esta forma, reflejaba una mano creando la ilusión de que la otra estaba ahí (fijaros, su cerebro no se extrañaría de que estuviera ahí esa imagen). Entonces le pedía que moviera las manos, las cerrara y abriera. Era algo que solo podía ocurrir en la mano que si tiene, pero que al ver reflejado parecería que estaba ocurriendo en las dos.
 
Ejemplo de la caja que utilizó Ramachandran
 
 
                  ¿Qué ocurría?. El cerebro veía movimiento, y aunque no recibía la señal de que lo hubiera, lo veía. ¿Qué hace el cerebro ante este tipo de incoherencias?. Cerrar. Y cerró el circuito. "Si, se tiene que estar moviendo, así que no tiene que doler" se diría el cerebro. Y el brazo deja doler. Es algo que parece comprobado y demostrado en los casos que se ha puesto en práctica.
 
               Así pues Ramachandran, observado cómo funcionaba el cerebro encontró una manera de modificarlo desde fuera, sin necesidad de cañonazos, específico y dirigido (de ahí los pocos ensayos que necesita para que de efecto). Simplemente, supo como hablarle y decirle "No hay brazo". ¿Cómo no voy a pensar cada vez que tengo delante un cerebro dañado que puede haber una forma, aprovechándome de sus propiedades, para lograr lo que quiero?. Sólo se trata de saber decírselo. En su idioma.
 
               Y así, día tras día, cuando "veo" un cerebro dañado, pienso como llegar ahí. Se que hay una manera. ¡Un saludo!.
 
 
 
 


2 comentarios:

Jose Antonio Villen dijo...

Excelente Aaron. Esperemos que el doctor Ramachandran viva muchos años más para que nos siga deleitando con sus descubrimientos.
Un saludo

Jose Antonio Villen dijo...

Excelente Aaron. Esperemos que el doctor Ramachandran viva muchos años más para que nos siga deleitando con sus descubrimientos.
Un saludo